Testimonio:
Miria Contreras Bell “Payita”

 

"Miria Contreras Bell “Payita” conversa despacio. Habla en voz baja. Recuerda y evoca lentamente, con gran precisión las horas vividas. Tiene que hacer un gran esfuerzo para vencer la emoción. Y la vence. En sus palabras se refleja toda la fuerza que es capaz de vivir el ser humano en los momentos más dramáticos: ansiedad revolucionaria audacia, sacrificio, valentía, abnegación, fraternidad, comprensión.."

Combatiente revolucionaria y secretaria privada del Presidente Salvador Allende, Miria Contreras “Payita”, participó en la defensa de La Moneda y vivió en su propio escenario los acontecimientos del 11 de septiembre de 1973. Testigo y a la vez protagonista, su narración sigue la trayectoria del líder chileno a lo largo del combate, hasta su caída heroica.

El relato de Payita muestra la acción de Allende bajo el ataque fascista para levantar el ánimo de sus compañeros, impartir instrucciones, organizar la defensa y trazar las líneas generales en la lucha. En sus palabras se refleja toda la fuerza que es capaz de vivir el ser humano en los momentos más dramáticos: ansiedad revolucionaria audacia, sacrificio, valentía, abnegación, fraternidad, comprensión.

Detalles hasta hoy ignorados, plenos de calidad humana, imparten una significación histórica a su testimonio.

“Al anochecer del lunes 10 de septiembre del 73, el Presidente Salvador Allende se retira de La Moneda y parte rumbo a su residencia ubicada en la calle Tomás Moro, donde tiene citados para una reunión a sus asesores más allegados, con el objeto de preparar la intervención pública que hará al siguiente día. Me quedo trabajando en La Moneda.

Cerca de las 10: 30 p.m. me llama por teléfono Max Marambio y me pide hablar con el Presidente – por encargo suyo seguía desde hacía algunos meses los pasos de la organización fascista Patria y Libertad, y había ubicado a Thieme el día que lo detuvieron.

Roberto Thieme es el secretario general de la organización fascista Patria y Libertad; se puso a conspirar contra el gobierno des día del triunfo de la Unidad Popular. Financiados por la reacción interna y por los Estados Unidos, fueron los organizadores, entre otras actividades, de la manifestación de las cacerolas. Este sujeto quiso hacer ver que había perecido en un accidente de aviación, y entró clandestino en Chile. Fue detenido semanas antes de la asonada fascista.

Como yo sabía que el Doctor -así le decían a Allende sus colaboradores más cercanos- estaba muy ocupado, pedí a Marambio que viniera a La Moneda y conversara con Alfredo Joignant, director de Investigaciones, Eduardo (Coco) Paredes y el doctor Ricardo Pincheira, militante socialista. Al llegar, Max informa que ha podido conocer que elementos pertenecientes a Patria y Libertad intentarían esa madrugada volar el puente de Caletones, única vía, transporte del mineral de El Teniente, lo que significaría un desastre para la economía del país. Para conjurar este aten terrorista iba a ser necesario un enfrentamiento, y se sospechaba que participarían elementos de varios grupos fascistas. Acuerdan ir a Tomás Moro. Allí informan al Presidente. Este está de acuerdo con que partan para el lugar donde habrían producirse los hechos. Ordena que se hagan acompañar por dos detectives más, de especial confianza. Estos compañeros partieron hacia Rancagua y no volvieron hasta las 5 – 00 a.m. del martes 11, con la noticia de que la operación había sido postergada. Esto lo aclaro para conocimiento de aquellos que esa noche trataron de localizarlos y no los ubicaron.

Eduardo Paredes fue el primer director de Investigaciones del Gobierno Popular. En esos instantes era director de Chile Filme. Ricardo Pincheira, era conocido como Máximo Fernández, y permaneció durante todo el combate al lado del Presidente. Paredes y Pincheira fueron detenidos y posteriormente fusilados. Joignat, después de permanecer varios meses en el campo de concentración de Isla Dawson, espera ser juzgado.

RUMORES DE GOLPE

Un grupo de compañeros habíamos quedado en La Moneda para recibir cualquier información al respecto. Al filo de la media noche empezaron a entrar llamadas, avisando que tropas del regimiento de Los Andes venían hacia Santiago y que había orden de acuartelamiento antes de las 6:00 a.m. Todos los días teníamos rumores y noticias de golpe o actividades sediciosas. Antes de comunicar con el Presidente me puse en contacto con Fernando Flores, secretario general del Gobierno, para que averiguara que había de cierto. Este me sugirió que localizara al coronel (retirado) Valenzuela, subsecretario de Guerra. Así lo hice.

Alrededor de la 1:30 a.m. me llama Valenzuela para informarme que después de hablar con varias personas, se comunicó con el coronel Ibáñez, de guardia en el Estado Mayor, quien le confirmó que efectivamente venía gente de Los Andes, pero que no era el regimiento completo sino solamente dos compañías, y que «tenían misión de reforzar la guarnición de Santiago, debido a que al día siguiente se sabría de las sentencias que iba a pronunciar la Marina de Guerra (contra Carlos Altamirano, secretario general Partido Socialista; Oscar Garretón, secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR) y como seguro que iban a ser condenados, los trabajadores podían tratar de tomar caminos, industrias, etcétera… »

Le avisé a Flores. Después llamé a Tomás Moro. El Presidente contestó al citófono (tipo de intercomunicador) haciéndome la broma: -¿Ya se divisan los tanques en La Moneda?» Le contesté que todavía no se veían, pero parecía que estaban en camino. Me pidió los teléfonos de la casa y de la oficina del general Herman Brady, jefe de la guarnición de Santiago. Alrededor de las 2:00 a.m. me llamó el Presidente, aconsejándonos que nos que nos fuéramos cada uno a descansar, pues al día siguiente tendríamos mucho que hacer. Partí con mi hijo Max hacia Cañaveral, (residencia que Allende utilizaba para trabajar y descansar lo fines de semana) y dejamos a un compañero de guardia, por si llamaba el grupo que había ido a Rancagua.

A las 7:00 a.m. me despierta Bruno (compañero de la seguridad personal del Presidente), diciéndome que la Marina se había sublevado y que había sido atacada la radio de la Universidad Técnica. Nos preparamos con mucha rapidez. Tomamos algunas armas y la mayor parte de los compañeros que allí nos encontrábamos partimos hacia Tomás Moro en una camioneta, un jeep y dos automóviles.

Al llegar nos informan que el Presidente ya había partido para La Moneda, por lo que insté a Bruno para seguirle el rumbo. Bruno pide autorización para ir conmigo. Junto a nosotros van otros compañeros de la escolta. Ahí escuchamos la voz del Presidente, que hablaba por primera vez por radio. Decidí pedirle a Max, mi hijo menor, que permaneciera en Tomás Moro con un auto por si instante había que mandar algo y para que ayudara a los que se quedaban. Partimos con doce compañeros en dos vehículos: la camioneta manejada por Bruno, y un automóvil guiado por Enrique, mi hijo mayor.

Al salir, encontramos a un motociclista de la escolta presidencial de Carabineros. Le pedimos que nos abriera paso hacia La Moneda y así lo hizo. El trayecto fue realizado con rapidez. Al llegar a la intersección de las calles Alameda con Ahumada, nos obligan a virar. Tomamos rumbo a la calle Moneda, donde encontramos una barrera de carabineros. Mostramos los carnés de la Presidencia y nos permitieron continuar. Alcanzamos a recorrer las dos cuadras hasta la Intendencia, Moneda esquina Morandé. De repente veo que sale un grupo de carabineros armados y qué abruptamente sacan a Bruno del volante y comienzan a empujar y golpear a culatazos a los demás compañeros, a quienes conducen detenidos al interior de la Intendencia.

Le pido a mi hijo Enrique que me deje bajar por su lado para ir a ver que pasa y explicarles que veníamos a ayudar al Presidente (hasta esos instantes creíamos que los carabineros permanecían leales al Gobierno constitucional, ya que así lo habíamos escuchado por la radio). A mí me empujan. Corro hacia donde se encuentra un mayor y un capitán. Les pido ayuda. Me responden que en ese grupo sólo veían armas. Me echo nuevamente a correr y logro llegar al garaje de La Moneda. (La Intendencia se encuentra frente al edificio de La Moneda.)

RETIRESE, PERO NO BUSQUE EXCUSAS

Llamo por el teléfono al Presidente para pedirle ayuda. Me responde Coco Paredes con órdenes de que suba enseguida. En esos instantes arriban Danilo Bartulín (médico personal de Allende), Ricardo Pincheira y Hernán del Canto. Los cuatro partimos rumbo a las oficinas presidenciales.

En ese momento llega el edecán naval del Presidente, comandante Grez (actualmente edecán del Almirante Marino, uno de los miembros de la Junta) a quien le pido que vaya a la Intendencia con el objeto de que me ayude a rescatar a los compañeros que se encuentran detenidos. Se niega a hacer la gestión. A esa hora la guardia de Palacio estaba aún en sus puestos y las tanquetas que protegían La Moneda permanecían en los alrededores del edificio.

¡AL FIN LLEGO DONDE ESTÁ EL PRESIDENTE!

Payita conversa despacio. Habla en voz baja. Recuerda y evoca lentamente, con gran precisión las horas vividas. Tiene que hacer un gran esfuerzo para vencer la emoción. Y la vence.

Lo encontré en su gabinete, hablando por el teléfono de una emisora de radio. Acusaba públicamente la traición de los cuatro generales que después conformaron la Junta. También dio a conocer la traición del general Brady. Cuando terminó su alocución le pregunto extrañada cómo podía ser eso posible, ya que Brady le había dado horas antes toda clase de seguridades y prometido lealtad y, además, se le tenía como uno de los generales constitucionalistas. Me respondió que era uno de los peores traidores.

Me pidió que tratara de impedir que Beatriz e Isabel fueran a La Moneda. Recuerdo sus palabras: «No las sacrifiquemos en vano, dile a Luis (esposo de Beatriz) que nos ayude a convencerlas. Ellas serán mucho más valiosas vivas para la Revolución.»

Le pedí ayuda para liberar a los compañeros detenidos en la Intendencia. Vuelvo a sentir la angustia de aquellos momentos. Como madre tenía el presentimiento de que no volvería a ver a mi hijo.

El Presidente encargó al general Sepúlveda que se ocupara personalmente. La gestión no tuvo éxito y envió al también general de Carabineros Urrutia, a quien quise acompañar pero no me lo permitió, diciendo que prefería ir solo. Esta gestión también fracasó. El Presidente sale entonces del despacho y se reúne uno minutos con Hernán del Canto, quien traía un mensaje de Carlos Altamirano. Al terminar la conversación Augusto Olivares le expresa: «Presidente, ha llegado la tan esperada hora de los mameyes”.

Comienzan a retirar las tanquetas de Carabineros que rodeaba La Moneda. Mendoza, uno de los generales traidores, se apodera de la radio de Carabineros. René Álvarez, general del mismo cuerpo, insinúa al Presidente que puede ir a buscar ayuda, a lo que este le responde: - General, ustedes no han sido capaces de tener controlada la radio de Carabineros, ya no tiene usted donde buscar ayuda. Todo lo tiene Mendoza controlado. Si usted quiere retirarse, retírese, pero no busque excusas.»

PONGASE LOS PANTALONES

Empezaban a llegar varias figuras del gobierno: José y Jaime Toha, Aníbal Palma, Clodomiro Almeida y Carlos Briones. Poco después arribaban Fernando Flores, Hugo Miranda y Beatriz e Isabel Allende.

El Presidente reúne a los presentes en el salón Toesca, usado para las conferencias de prensa y reuniones masivas. Comunica que el Palacio será atacado y pide a los compañeros que no tienen armas o no saben usarlas que se marchen, pues no desea en ningún modo muertes inútiles. Pide ayuden a convencer a las mujeres que abandonen el lugar.

Recuerdo haber estado junto a Augusto Olivares mientras el Presidente dirigía aquellas inolvidables palabras. Después se encerró unos minutos con sus edecanes. Al salir nos refirió que les había dicho que quedaban en libertad de acción. Se retiraron de inmediato.

En el momento en que presionaba a las mujeres para que se fueran, me escondí en un pequeño subterráneo para que no se acordara de mí, pues había tomado la decisión de combatir al lado de ellos hasta el fin.

Minutos después, Bartulín me llamó para pedirme la llave de su auto, para entregarla a una compañera que había vuelto a la puerta de Morandé.. El Presidente me vio, se sonrió y me comentó que ya sabía que me las ingeniaría de algún modo para no hacerle caso.

Le pregunté cómo había hecho para convencer a Beatriz. Me contestó:

Tuvo que partir, pues con ella le envié un mensaje a Fidel; eso fue lo único que pesó en su estado de ánimo para tomar la decisión de irse.

Con los compañeros que quedan se reúne en el patio del Jardín de Invierno, para darles nuevas instrucciones. Llamó aparte su amigo y asesor Juan Enrique Garcés, quien no quería retirarse de La Moneda. Lo obligó a salir, diciéndole ante nosotros que él tenía el deber ante la historia de vivir para narrar los sucesos. Parte de la guardia de Palacio ya se había retirado. Pidió al general Sepúlveda y demás oficiales de Carabineros, que lo habían acompañado hasta ese instante, que debían retirarse de la Moneda. A los carabineros que quedaban de la guardia les pide que se vayan, ordenándoles que -eso sí- debían ir totalmente desarmados cascos.

Estábamos en la oficina de Enrique Huertas, intendente de La Moneda, cuando avisan al Presidente que no llegaba el jeep ofrecido por el Ministerio de Defensa para recoger a las mujeres, y ellas estaban en medio de un tiroteo espantoso. El Presidente tomó el citófono y habló con Badiola, su edecán militar, quien estaba en el Estado Mayor:

Badiola, me van a matar a las compañeras en la calle por no cumplir ustedes con su palabra. Siquiera por una vez en su vida póngase los pantalones y envíe un vehículo de inmediato a buscarlas.»,

El vehículo nunca llegó. Después de esta conversación quiso llamaraa Tomás Moro para saber lo que allí ocurría, pero las líneas habían quedado cruzadas y nos hizo señas para que nos acercáramos a escuchar una conversación entre el general Baeza, y el almirante Carvajal -el mismo que dirigió el ataque a la Embajada de Cuba-, donde decían: “Ya tenernos a Allende totalmente acorralado y no podemos dejarlo vivo, hay que aplastarlo como a una cucaracha. No podemos permitir que quede vivo», recalcaban. Era impresionante el odio tan profundo, que sentía esta gente hacia la persona del Presidente.

En un momento en que estábamos en el salón Toesca pidió averiguar qué pasaba en la Escuela de Suboficiales. Se llamó al coronel Melgarejo, pidiéndole viniera en ayuda del Presidente. Respondió que tenía ciento cincuenta hombres, todos leales, pero que no había en qué movilizarlos hacia el centro y además necesitaba gente para la defensa de la escuela.

OPERACION BAZOOKAS

Recuerdo que Carlos Jorquera -conocido por el Negro, quien fuera primer jefe de Prensa de la Presidencia- decía abrazado de Lautaro Ojeda: «¿Ve, Presidente, cómo sus viejos amigos no le fallamos? Aquí estamos a su lado, aunque con un poco de miedo, ¿no es cierto viejo Lautaro?» Un poco más tarde, cuando el Presidente revisaba las defensas y daba nuevas órdenes, me comentaba Jorquera: «¿Te das cuenta, Paya, el gran general que existe en Salvador?» En realidad era asombroso verlo preocuparse de cada detalle, con tanta entereza, tranquilidad, buen humor.

El día 29 de junio, después del sofocado intento de golpe encabezado por el general Souper, el comandante Araya trasladó al interior de La Moneda cuatro bazookas, con el fin de tenerlas a en caso de una nueva conjura golpista. En esos días, el comandante Araya, como jefe militar de la casa de Gobierno, estuvo alojado en el interior de Palacio y dirigió todos los preparativos su defensa. Araya fue asesinado a fines del mes de julio por grupos de ultraderecha. El Servicio de Inteligencia Militar trató de involucrar en su asesinato a miembros de la guardia presidencial y a funcionarios de la Embajada de Cuba.

El Presidente, recordando esas bazookas, las hizo subir al segundo piso, y en los momentos en que arreciaba el ataque de tanques e infantería, dirigió personalmente su empleo. Tras disparar una de ellas, un compañero exclamó: «Presidente, quedé ciego, no veo.» Él, sabiendo que era un efecto momentáneo, debido al humo, le contestó: «No importa, Janito, pero le diste.» Y le abrazaba y felicitaba, pues verdaderamente había dado en el blanco.

-Cada vez que se hablaba de la proximidad del bombardeo, me decía- «No tengas miedo, no te asustes. Porque eso sí que no se atreverán a hacerlo. El símbolo que significa La Moneda no lo destruirán. Saben que eso no lo podrán justificar jamás.»

Dándose cuenta de que las posibilidades de lucha eran cada vez menores, por la falta de visibilidad hacia el exterior causada por el humo, y por el potencial bélico dirigido hacia cada punto de La Moneda, pensó pasar al Ministerio de Obras Públicas a través del garaje. Allí habría más visibilidad y podría seguir luchando. Recuerdo que esta proposición la hizo en la escalera de calle Morandé. Se discutió la forma de cruzar. Se le propuso hacerlo en grupo cerrado, llevándolo a él en el centro. No lo aceptó -porque habría que dejar a unos pocos compañeros abandonados en La Moneda, respondiendo al ataque mientras se iba hacia el otro edificio-. En esos momentos quedábamos alrededor de treinta y cinco personas, sin contar el equipo médico.

Pensó pedir cinco minutos de tregua para tener tiempo de alcanzar su objetivo. Jaime Barrios le insinúa: «Presidente, usted ya no puede pedir otra tregua» -había solicitado una para que las mujeres pudieran salir-. El Presidente le responde:

“¿No sabes, Jaimito, que cinco minutos, son suficientes para cambiar la historia?»

En Ministerio de Obras Públicas combatían empleados y militares de la Unidad Popular, entre ellos varios ex ministros del GAP (Grupo de Amigos del Presidente, como eran llamados los miembros, de su escolta personal). Desde las primeras horas habían tratado de llegar junto a Allende y al no lograrlo se apostaron en el Ministerio para apoyar desde allí la resistencia de La Moneda. Eran compañeros excepcionales.

OLIVARES HERIDO

En situación escuchamos los gritos de Carlos Jorquera, diciendo que Augusto Olivares estaba herido. El Presidente envía a atenderlo a los doctores Soto y Jirón, y corre Augusto. Voy con él. Nunca se me olvidará su cara de angustia y tristeza al ver sin vida al amigo querido.

Payita de 46 años, es madre de tres hijos. Durante varios años permaneció al lado de Salvador Allende como su secretaria privada. No es muy alta. Pelo trigueño. De trato dulce, ojos azules. Mirada penetrante. Cuando el intento de golpe del 29 de junio, llegó a La moneda portando un fusil automático, con la misma firmeza que el11 de septiembre.

Al pasar cerca de un teléfono, el Presidente llamó a la central de Tomás Moro. No sé quién le contesta. Informan que han bombardeado. Pregunta por Tencha, su esposa, y por las hijas.

Le responden que está todo destruido y que no se sabe de nadie. Recuerdo con especial angustia ese momento, pues fue el único que vi reflejarse en sus facciones tanto dolor, ira, impotencia.

En esa situación Carlos Jorquera, que lloraba la muerte de Olivares dándose cuenta de los sentimientos que embargaban al Doctor se rehizo y abrazándolo, le pidió excusas por su flaqueza: «Perdóneme, Presidente, mis penas no son nada comparadas con las suyas, pero recuerde.- Augusto no fue para mí un amigo, sino un hermano.»

Poco antes del bombardeo, estando en la Galería de los Presidentes,nos dijo:

«Démonos el gusto de romper todos estos bustos de viejos reaccionarios. Respeten solamente el del presidente Balmaceda y el de Pedro Aguirre Cerdá, únicos presidentes democráticos.» Comenzando enseguida él mismo a volcar algunos.

En momentos en que creíamos seguiría el bombardeo y el ambiente estaba lleno de gases, nos tendimos en el suelo del comedor, para evitarlo. El Presidente se arrastró hasta una ventana con Raúl, un compañero de su escolta, para observar la situación y comunicarse con los combatientes del Ministerio de Obras Públicas. Entonces entra Eduardo Paredes y le pide reunirse para analizar la situación, pero en privado. Allende responde:

«Compañerito, hable no más, pues aquí todos estamos en la misma pelea y todos tenemos derecho a opinar.»

Empiezan a llegar otros compañeros semiasfixiados por los gases, con los rostros congestionados. El Presidente se quita se máscara antigases para dársela a los más afectados y pide seguir su ejemplo.

Ese mismo gesto lo tuvo en el primer piso. Era casi imposible estar sin careta, y los médicos trajeron a una enfermera semidesmayada con síntomas de asfixia. La hizo tender en el suelo, se quitó la mascara y él mismo se la colocó, hablándole con cariño para tranquilizarla.

En momentos en que el bombardeo era más intenso, esta compañera comenzó tararear canciones latinoamericanas, entre ellas Cuba que linda es Cuba. Ella también estuvo en La Moneda hasta el final. Tuvo un comportamiento muy bueno. Conocemos su nombre no podemos darlo. Sé que está en Chile trabajando para la resistencia.

Solo con la llegada de Payita se ha podido conocer que hubo otra mujer hasta el final en el combate de La Moneda. Esta compañera se pasó gran parte del combate en el Ministerio del Interior, que se encuentra dentro del mismo edificio presidencial, y todos los testimonios anteriores la omiten por desconocer estos hechos.

DISPARANDO DESDE LA VENTANA

Me pidió que fuera con Bartulín a la cocina, para preparar algo de comer a los compañeros, pues la jornada sería larga. Encontramos varios pollos listos, dejados por los cocineros al marcharse en las primeras horas de la mañana. No había acabado de retirarse Bartulin cuando empiezan a caer las bombas: una, en la misma cocina, que abre un boquete enorme.

Las bombas, rockets, perforan los muros de La Moneda. Explotan dentro de las oficinas de trabajo del Presidente. Los pedazos del viejo edificio caen por donde quiera. El aire los incendios que se declaran simultáneamente. Los gases lacrimógenos asfixian a los combatientes.

Las cananas con proyectiles que los carabineros de Palacio habían dejado abandonados antes de marcharse, explotan estrepitosamente.

En medio de esa atmósfera salgo corriendo. Encuentro al Presidente impartiendo órdenes y consejos para la seguridad. Sus instrucciones: tenderse en el suelo, cubrirse la cabeza con los cascos -los pocos que los teníamos-, y protegernos unos con otros. Lo hacemos. De repente se yergue, exclamando con determinación y furia:

«No nos matarán aquí como ratas. Se engañan al creer que voy a renunciar. Cumpliré con mi palabra. A la fuerza no me saca nadie. ¡Vamos arriba a morir peleando!»

Recordé en esos instantes cómo el Presidente siempre mencionaba la dedicatoria del Che en su libro Guerra de guerrillas: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de hacer lo mismo.” En ese momento estaba convencido de que ya no habría para nosotros dos caminos.

Subió al segundo piso, y desde cada ventana sobre Morandé descargaba su AK, regalo de Fidel.

Los compañeros lo obligaban a cambiar de posición consta mente, pues cada disparo era respondido desde afuera con un potencial de fuego increíble. Nos costaba trabajo sacarlo de cada ventana. Recuerdo que Ricardo Pincheira, otro compañero, y yo lo halábamos por la pierna para tirarlo al suelo.

Se me olvidaba contar la salida a parlamentar de Fernando Flores, en compañía de Daniel Vergara y Osvaldo Puccio (padre e hijo). Flores se ofreció en varias ocasiones para ir a conversar con los militares. El Presidente, pensando en la forma de sacar Osvaldo Puccio, gravemente enfermo del corazón, aceptó, diciéndole que fuera en compañía de los antes mencionados.

Cuando tratan de salir por primera vez, tienen que replegarse a pesar de llevar una bandera blanca, pues el tiroteo era espantoso.

Recuerdo que Daniel Vergara, subsecretario de¡ Interior, me dijo muy molesto porque le pedían abandonar su lugar junto al Presidente: «Payita, yo voy hasta el Ministerio de Defensa, pero que el Presidente me dé órdenes precisas sobre lo que tengo que pedir y lo que puedo ofrecer.» Subió al segundo piso y habló con él.

Al terminar la conversación le pregunté por el resultado. Me expresó que estaba seguro de que lo único que quería el Presidente era que ellos salieran de La Moneda. Al interesarme de cuáles eran sus instrucciones, me contestó: «Quiere que vayamos a hacerle una serie de exigencias a los militares: todas las garantías democráticas debían ser mantenidas, los sindicatos respetados, ningún militante de izquierda perseguido, no habría represalias. Y que le traigan este acuerdo firmado por los militares, pero que no vayamos a firmarlo, pues él debe revisarlos. El Presidente sabía que no iba a conseguir nada y estaba determinado a no renunciar, pero era la fórmula de sacar de La Moneda a un grupo de compañeros que estaban desarmados. Trataron nuevamente de salir y lo lograron. Nunca regresaron.

El médico Jorge Klein y el sociólogo Claudio Jimeno tratan de comunicarse con el Ministerio de Defensa para obtener algunas noticias sobre ellos. Después de muchas tentativas les informaron que ya habían regresado a La Moneda, cosa que era incierta.

El Presidente me habló en varias ocasiones con mucho cariño los cubanos v en especial de Fidel. Recordó sus encuentros con el Jefe de la Revolución Cubana, lo mucho que hablaron, las experiencias que éste le trasmitió. Hubo un instante en que me comentó:

«¿Qué te parece si llamamos a los compañeros cubanos y le decimos que nos ayuden? Ellos combatirán gustosos a nuestro lado. Pero no, eso sería peor, hay que ordénales que no salgan de la Embajada.”

CUATRO MINUTOS

Cuando las tropas comienzan a invadir La Moneda a tiro limpio envían al doctor Oscar Soto -a quien habían detenido- para comunicarle al Presidente que nos daban cuatro minutos para rendirnos. El Presidente nos reunió en el pasillo. Ordenó que bajáramos tranquilos, que dejáramos todas las armas, cascaros y mascaras ni nada que pareciera algo duro en los bolsillos. El se quedaría con un grupo compañeros de su escolta personal. Señaló que Soto bajara primero llevando un trapo blanco. En medio de una extraordinaria emoción nos dijo:

«Quiero que bajen tranquilos, pero antes de que bajen, deseo un minuto de silencio en homenaje al primer mártir de la Revolución Chilena, al compañero Augusto Olivares.»

Y comenzamos a bajar. Abruptamente los militares suben y escuchamos un fuerte y prolongado tiroteo.

La salida fue a culatazo limpio, empujones e insultos. Me había puesto momentos antes la chaqueta color café de Olivares, con la intención de llevársela como recuerdo a su esposa. Como era su costumbre, tenía los bolsillos llenos: llave, libreta, una serie de monedas antiguas y, por supuesto manojos de papeles.

Debajo de las mangas, llevaba enrollada el acta original de la Independencia de Chile, firmada por Bernardo O´Higgins el 2 de febrero de 1818. El Presidente le había pedido a Eduardo Paredes que la despegara del marco y me la entregara para salvarla del incendio. Los soldados me la arrebataron y la rompieron a pesar de explicarles de qué se trataba. También me quitaron la chaqueta de Augusto.

Una vez en la calle nos colocaron contra la pared, con las manos en la nuca. También a nuestras espaldas un pelotón de militares que nos apuntaban con sus fusiles. Estaba convencida de que allí nos fusilarían. Nos quitaron todo lo que teníamos encima. Lo tiraban al suelo y pisoteaban.

Allí supe del Presidente. Recuerdo los sollozos de Enrique Huertas, la sensación de impotencia al no haber podido salvarlo.

En esa situación comenzaron a ametrallar a los francotiradores que cooperaban con La Moneda desde la periferia, les tiraban desde aviones o helicópteros, no sé exactamente.

Nos ordenaron tendernos en el suelo, en medio de la calle Morandé con las manos en la nunca. En momentos en que Eduardo Paredes y Enrique Huertas me hacían un hueco, para protegerme con sus cuerpos, un cabo me dijo: «Usted, usted, levantase y póngase ahí contra la muralla donde estará más protegida y no se ponga las manos atrás, sino tápese la cara pues así los proyectiles no le herirán el rostro.» Levanté la cabeza extrañada y agradecí encontrar siquiera un gesto humano entre ellos.

Cada vez que los aviones pasaban descargando sus proyectiles, que era el final. En esos momentos, mirando hacia la -Intendencia envuelta en llamas, sentí el máximo sufrimiento al pensar que mi hijo Enrique, y los otros compañeros podrían estar quemándose vivos. Después supe que los habían sacado de allí. Los habían asesinado…

En esos instantes en que ya nada importaba, sentí que alguien con el pie. Levanto la cabeza y me encuentro con un amigo que habíamos visto en las primeras horas. Me dice: “Paya, ¿qué estás haciendo tú aquí?» En ese momento llegaba la primera ambulancia.

Se acerca un sargento y quiere impedir que me saquen. Mi amigo le explica que estoy muerta o muy mal herida y se vuelve a mí y me dice: «Hazte la muerta, ponte rígida», y obliga a los de la ambulancia a que me lleven. Me cargan y me tiran al interior del vehículo.

Como el tiroteo es muy fuerte, al llegar a la esquina de la Alameda el chofer no quiere seguir, pues tiene miedo de que lo maten. Un enfermero que lo acompaña le aconseja que pise el acelera hasta el fondo, pues si se queda parado lo van a matar igual. En ese intervalo se montó un joven. Le pido que me ponga los zapatos, que se me habían caído. Me los puso, con los ojos muy abiertos, mostrando un gran asombro. Mi intención era lanzarme de la ambulancia, pero cuando vine a ver ya estaba en un establecimiento medico.

Casi sin darme cuenta, me transportaban en camilla al interior del edificio. Al ver a una enfermera preparando un líquido blanco para inyectármelo, me incorporé rápidamente y le dije que no me diera ninguna cosa, pues lo único que necesitaba era salir de allí. Muy asustada fue en busca de un médico, quien al oírme decir de dónde venía, me preguntó el nombre y salió como un bólido de la sala. Minutos después volvió y preguntó a la enfermera cuales eran sus ideas políticas. Le contestó que no pertenecía a partido, pero tenía ideas de izquierda. Luego él me dijo ser comunista y estar orgulloso de su Partido, pues gracias a él había podido llegar a ser profesional, carrera casi prohibida para un proletario. Enseguida llamó al resto de sus colegas de izquierda (eran como seis), entre los cuales había uno que me conocía. Inmediatamente comenzaron a planear cómo sacarme de aquel lugar.

Desde ese momento todos los compañeros que me ayudaron lo hicieron exponiendo su libertad y seguridad. Encontré solidaridad, compañerismo en gente que nunca había conocido, militantes partidos políticos, simpatizantes de izquierda, admiradores del Presidente que lo único que tenían en común conmigo era el cariño y el aprecio hacia él.

En aquellos días darme refugio, después de publicados todos los bandos donde se exigía mi entrega, era bastante peligroso y sé que muchos de los que me ayudaron están sufriendo la represión por parte de la Junta. Así mismo, varios amigos personales me ofrecieron ayuda material y en algunos casos me alojaron en sus casas.

Es extraordinariamente elocuente el contraste entre el gesto del Presidente Salvador Allende, rescatando el acta de Independencia para que no fuera pasto de las llamas y el del militar que la destroza.

Publicado en: Bohemia, La Habana. 6 de septiembre de 1974