COLOMBIA: GANÓ EL URIBISMO, PERO CON RESULTADOS HISTÓRICOS PARA LA IZQUIERDA

28.07.2018 14:59

URIBE PRETENDERÁ QUE DUQUE SEA EL TÍTERE QUE DESMANTELE LOS ACUERDOS DE PAZ CON LAS FARC

Colombia: ganó el uribismo, pero con resultados históricos para la izquierda

Los 8 millones de votos, el 43%, que respaldaron a Gustavo Petro, confirman que está naciendo una nueva identidad política solvente y plural en la izquierda.

Tras una campaña de total polarización, la segunda vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia trajeron la victoria del candidato de la derecha, Iván Duque, que obtuvo 10.362.080 votos (54%), contra los 8.028.033 de su rival, Gustavo Petro (43%), candidato de la coalición de izquierdas Colombia Humana. Por primera vez un candidato de izquierdas en Colombia le disputaba el modelo de país a la derecha en segunda vuelta, en la aspiración legítima de disputarle el poder a una élite enquistada y corrupta que gobierna desde siempre Colombia como si fuera su finca, a espaldas de la ciudadanía y con prácticas clientelares, corruptas y a menudo criminales.

Ya desde enero Gustavo Petro, un exguerrillero que fue senador y alcalde de Bogotá, dio un vuelco a las campañas mediáticas tradicionales al iniciar un recorrido en caravana por todo el país, donde tuvieron lugar mítines multitudinarios en las plazas públicas. Su narrativa atacaba un modelo de país corrupto y desigual modelado por las élites y apelaba a la participación del pueblo en la construcción de acuerdos generales con la opinión pública y propuestas orientadas a subvertir los valores del establecimiento. Sus propuestas de país se centraron en la lucha contra esa corrupción que causa indignación al ciudadano, en el combate contra el inacabable narcotráfico, en el apoyo al proceso de paz y en la lucha contra la desigualdad social y por un país con desarrollo social para todos y energías renovables.

Colombia es uno de los países más desiguales del mundo, y de la lucha contra esta realidad hizo Colombia Humana el centro de su campaña, con un proyecto democrático y popular con propuestas para reformar un estado oligárquico, por un país inclusivo, con equidad social y con acceso a los derechos sociales de las personas más necesitadas, tales como la salud, la educación, la vivienda o los servicios públicos. En Colombia estos derechos, son privilegios a los que pocas personas tienen acceso pleno.

Sintiéndose amenazadas como nunca y por primera vez en décadas, las fuerzas del 'establecimiento' tejieron rápidas alianzas tras la candidatura de Iván Duque, que recibió el apoyo de toda la aparente fragmentada derecha: Santos, Uribe, Gaviria o Pastrana como expresidentes; Partido Liberal, Partido Conservador, Partido de la U y Centro Democrático, como eficaces maquinarias políticas. Sin embargo, Colombia Humana no logró el apoyo de Fajardo o de Robledo, dirigentes de centro izquierda que pidieron el voto en blanco (se obtuvieron 800.000), y resultaron estúpidamente funcionales a la derecha en una situación electoral polarizada en extremo. El Partido Comunista colombiano y otras fuerzas de izquierdas sí fueron conscientes del momento histórico y unieron fuerzas con Petro.

Pese a esto, por primera vez se ha roto el tradicional e inteligente bipartidismo de la derecha, que se presentaba siempre bajo diferentes etiquetas, para disputar en segunda vuelta entre ellos, dos fórmulas que en el fondo representaban ambas los intereses del establishment dominante. Lograban así excluir a la izquierda de la disputa electoral decisiva, y si era necesario, recurrían al asesinato político del adversario para resolver las cosas, infundiendo un miedo histórico además, a una parte de las clases populares que acababan absteniéndose de participar en procesos electorales, en un país donde el sufragio no es obligatorio.

Los resultados históricos de Gustavo Petro (43%), insuficientes aún para gobernar, son un paso de gigante en la historia del país y representan sin duda el principio del fin de una época, y el inicio de la construcción de una nueva hegemonía política que acabará desplazando más pronto que tarde a las élites que por siglos han ejercido la dominación en ese país. El primer desafío se encuentra en las elecciones regionales de octubre de 2019 en donde Colombia Humana puede recuperar la alcaldía de Bogotá y de otras grandes ciudades, y acumular fuerzas para preparar las próximas presidenciales de 2022. Allende o Lula ganaron a la tercera, en Chile y Brasil.

Petro logró conectar con un pueblo con ganas de cambio, y los más de 8 millones de votos, representan sobre todo la construcción de un gran bloque popular de izquierdas, que más allá de la concreción política y el desarrollo que establezca en el futuro (coalición, frente amplio), confirma que está naciendo una nueva identidad política solvente y plural en la izquierda, que empezará su trabajo político en la oposición a las políticas neoliberales de Duque con una más favorable correlación de fuerzas, y que tiene un proyecto alternativo democrático y popular. A pesar de eso, ha costado mucho. Como os imagináis, casi sin dinero en campaña, ha sufrido constantes acusaciones mediáticas, entre otras la de "llevar a Colombia al castrochavismo", e incluso Petro sufrió un atentado en Cúcuta en marzo cuando sufrió varios disparos que chocaron contra los cristales blindados de su auto. Es el precio habitual de la lucha en Colombia. Y pese eso, el 43% del voto.

Iván Duque tendrá que demostrar pronto si es mayor de edad o si es simplemente el hijo de un exministro y un ricachón tutelado por Álvaro Uribe. Este, que acumula numerosas denuncias e imputaciones en su contra por crímenes contra la humanidad, 'falsos positivos', y vínculos con el paramilitarismo y el narcotráfico más que evidentes, le insistirá en la necesidad de depurar y domesticar el poder judicial en primer lugar, para no acabar en la cárcel por sus responsabilidades.

De otra parte, Uribe es el principal enemigo de los acuerdos de Paz con las FARC en Colombia, y pretenderá que Duque sea el títere que desmantele esos históricos acuerdos (sobre todo poner fin a la Jurisdicción Especial para la Paz) y que dé por terminadas las negociaciones del gobierno colombiano con la guerrilla marxicristiana del ELN que actualmente se llevan a cabo en La Habana.

A Duque, por otra parte, le ha faltado poco tiempo, tras las elecciones, para visitar EEUU donde ha expresado su pleno compromiso con la agenda de seguridad en América Latina de la extrema derecha fascista que Donald Trump representa con tanto descaro. Reunido con Mike Pompeo, secretario de Estado, con Marcos Rubio, senador anticastrista y antimadurista, y con Luis Almagro, Secretario de la OEA, se comprometió a radicalizar la política exterior contra Venezuela, propuso acabar con UNASUR y reforzar el viejo sistema interamericano centrado en la OEA y al servicio de EEUU. Colombia, con siete bases militares de EEUU en la zona, es hoy la punta de lanza del imperialismo en América Latina. Duque no cambiará la decisión de Santos respecto a que Colombia ingrese en la OTAN.

De otra parte, Duque asumió lacayamente que los cultivos de uso ilícito se han incrementado (más en las cifras de EEUU que en las de la ONU) y que es culpa de Colombia y no del fracaso demostrado de la política antidrogas de la Casa Blanca en Colombia (Plan Colombia), basados en la fumigación con glifosato, a pesar de que estudios de la ONU han demostrado el actuar cancerígeno de este herbicida. Es el único país del mundo que lo usa todavía, pues Duque que sí.

Como las políticas de las élites colombianas se dictan en EEUU, Iván Duque visitó también la banca internacional para garantizarle que bajo su gobierno se cumplirá la agenda neoliberal: ajuste fiscal, facilidades para inversiones transnacionales, reducción del gasto social, reforma laboral y de las pensiones, más reducción de salarios, etc. Sin duda esta agenda traerá a Colombia el inicio de un nuevo ciclo de movilizaciones populares centradas en la lucha por los derechos sociales y económicos del pueblo tradicionalmente negados por la oligarquía colombiana.

El nuevo presidente tendrá también otro desafío en relación a los temas de derechos humanos, pues el asesinato de líderes sociales en Colombia (318 desde 2016) es un absoluto escándalo que nunca termina y las recientes y exitosas movilizaciones ciudadanas impulsadas por grupos de oposición y activistas de derechos humanos exigen a Duque la toma de medidas inmediatas para frenar esos asesinatos, entre otras el combate contra el paramilitarismo y la puesta ante la justicia de sus responsables. Si Duque ignora este hecho, y sigue tras la senda de Uribe, será cómplice de los futuros asesinatos por razones políticas o sociales.

Y si el estado oligárquico no es capaz de hacer respetar la vida de su pueblo, de respetar un estado de derecho, de acabar con la impunidad de los paramilitares, de impulsar un plan de Paz que termine con 50 años de guerra, o de afirmar una propuesta económica que impulse la equidad social, significará que la derecha colombiana nada habrá aprendido de este proceso electoral. Desde esos 8 millones de votos, históricos en la política colombiana, habrá que dar la batalla para la lucha por la construcción de un bloque social y político que apueste por la democratización, la justicia social, la paz y el derecho a la vida.

La Colombia vieja de las élites ha empezado a morir, y se abre una oportunidad de cambio social futuro en la disputa entre continuidad y cambio político. A acumular fuerzas, a organizarse, a hacer oposición contundente, a luchar con nuevas propuestas de país. 

* Enrique Santiago Romero - Fran J. Pérez Esteban - Mundo Obrero