CELEBRAMOS LA RETIRADA DE EE.UU. DE SIRIA: NUEVO TRIUNFO DEL PUEBLO SIRIO

31.12.2018 12:19

Celebramos la retirada de EEUU de Siria: nuevo triunfo del pueblo sirio

Los socialistas chilenos celebran el anuncio de retirada de las tropas de Estados Unidos de Siria -en un plazo de tres meses-, como un triunfo del pueblo sirio, aunque ha sido a costa de un enorme sufrimiento y destrucción. EE UU, vulnerando la legalidad internacional, ha tenido estacionados dos mil soldados en el este de Siria en distintos campamentos y bases militares. 

Trump, al anunciar la retirada de Siria el pasado 19 de diciembre, afirmó que sus tropas se retiran porque han derrotado a Daesh (Estado Islámico). La realidad es distinta: Estados Unidos intervino en Siria para derrocar al Gobierno y destruir un Estado que forma parte del frente de resistencia antiimperialista y antisionista. 

Ante la opinión pública internacional, el combate contra Daesh (con toda probabilidad, un monstruo creado en las cloacas de los servicios secretos estadounidenses) esgrimido por Washington, era la excusa perfecta para acantonar tropas en territorio sirio en contra de la decisión de su legítimo Gobierno. Ahora, si Estados Unidos se retira de Siria es porque ha perdido la batalla por su principal objetivo: derrocar al Presidente Bachar al-Asad. Ese propósito fue anunciado por Obama, en mayo de 2011, cuando declaró, refiriéndose a las manifestaciones en Siria, que "dos líderes (árabes) han caído ya; otros más pueden seguirles". Poco después, a comienzos de julio de ese año, el embajador de Estados Unidos en Siria, Robert Ford, encabezó junto a su colega francés una manifestación de protesta contra el Gobierno sirio en la ciudad de Hama, rompiendo todas las reglas de la diplomacia. En agosto, el coro de países de la OTAN y las autocracias árabes del Golfo Pérsico pidieron el derrocamiento de Asad y empezaron a intervenir abiertamente (antes lo habían hecho encubiertamente), armando a las bandas salafistas y mercenarios, encendiendo así la guerra en Siria. El ex subsecretario norteamericano del Tesoro, Craig Roberts, reconociendo las implicaciones geopolíticas, lo había anunciado: "Tenemos que derrocar a Gadafi en Libia y Assad en Siria porque queremos sacar a China y Rusia del Mediterráneo". 

La retirada estadounidense es el reconocimiento de su derrota y, de hecho, de la victoria del Estado sirio sobre las milicias mercenarias que recibían armas y financiación del bloque imperialista articulado por Estados Unidos. Esa victoria se sustenta en varios factores. Primero, en la determinación de gran parte del pueblo sirio para impedir el proyecto de imponer un estado sectario en Siria inspirado en el fanatismo religioso que liquidase las conquistas sociales y la milenaria cohabitación entre distintas religiones y etnias. Segundo, en el apoyo militar del bloque de resistencia antiimperialista (el Hezbulá libanés, Irán, las milicias palestinas, y desde finales de 2015, de Rusia), además del constante apoyo diplomático de Rusia y China, sin cuya contribución y solidaridad el imperialismo habría conseguido sus objetivos. En tercer lugar, por la contribución de las milicias socialistas libertarias kurdo-sirias del PYD, que si bien han desempeñado un positivo papel en la derrota de algunos grupos salafistas, al haber aceptado la interesada ayuda de Washington, permitieron el establecimiento de bases militares estadounidenses en el territorio sirio. Ello creó unas hipotecas políticas que pesarán en el futuro de los kurdos y que en algún momento llegaron a comprometer la integridad de Siria. Tanto la retirada estadounidense como la oportuna y decisiva vuelta de las tropas sirias el 28 de Diciembre a una ciudad de Manbij amenazada por los turcos y sus mercenarios, han expuesto las contradicciones y limitaciones de esa estrategia. 

Turquía, que insistentemente pedía la retirada estadounidense, resulta en parte beneficiada por los últimos acontecimientos. Su objetivo de ocupar el norte de Siria para reconvertirlo en turcomano, expulsando a la población kurda que vive en la zona para crear un cordón sanitario que impidiese la conexión de las poblaciones kurdas de Siria y Turquía, hoy es menos viable tras la vuelta del Ejército Árabe Sirio a Manbij. A cambio, las operaciones militares de Turquía en la zona, en caso de producirse finalmente, serán para Ankara políticamente menos costosas de lo previsto. 

Turquía controla indirecta y parcialmente la región de Idlib a través de grupos salafistas y terroristas que allí operan y que le son fieles. El otro territorio sirio ocupado a principios de 2018 por Turquía y sus mercenarios salafistas es Afrin. Lo allí ocurrido hace unos meses, pero también la normalización diplomática con Damasco de aliados de Turquía como Emiratos Árabes Unidos y Bahrein, han estimulado entre el Gobierno sirio y las milicias kurdas unas conversaciones nunca interrumpidas desde el comienzo de la crisis en 2011. 

Ocho años de agresión y guerra han causado una escalofriante matanza y una devastación de la que Siria emerge con suma dificultad pero con determinación. El sacrificio del pueblo sirio no será en vano: no solo ha conseguido preservar su unidad y su independencia, sino que, además, pretende construir una democracia social más avanzada, donde las diferencias políticas deben resolverse. Al tiempo que se acomete la reconstrucción de posguerra, se desarrollan unos inéditos procesos de reconciliación nacional, que incluyen conversaciones directas entre sirios para ampliar la participación política, económica y social de todos los sirios, independientemente de su posición política, etnia, confesión religiosa o lugar de residencia. La guerra aún no ha terminado del todo, pero la paz asoma y la reconstrucción se ha iniciado. Mientras, los mercenarios islamistas apoyados por esa coalición de las principales potencias occidentales y por Turquía, Israel, Arabia y las monarquías feudales del Golfo Pérsico, asumen juntos su derrota definitiva y Estados Unidos teme fundadamente por el futuro de su pasada influencia global en Oriente Medio.