La Payita: Valor y Lealtad de Mujer

 

" Payita en La Habana con Alejandro Fernández Allende, nieto del presidente Salvador Allende."

Pocas veces en la historia de Chile una mujer ha sido tan injuriada como Miria Contreras Bell, la Payita. La saña contra ella solo es comparable a la que emplearon Casimiro Marcó del Pont, el capitán San Bruno y sus sicarios, contra las mujeres que lucharon por la independencia de Chile.

Le asesinaron a un hijo; fue perseguida de modo implacable y hasta se puso precio a su cabeza; se usaron todos los medios de comunicación para denigrarla y alguien cometió la felonía de usarla como grotesco personaje de una novela. Pero nada, ni nadie, logró humillarla ni quitarle nobleza y dignidad.

Miria Contreras Bell nació en 1928 en Taltal, hija de José Angel Contreras, abogado, radical y masón. Estudió interna en el colegio de las Monjas Alemanas, del barrio Bellavista en Santiago. Terminó la enseñanza media y entró a trabajar por la mala situación de su casa y peor salud de sus padres. Conoció al ingeniero Enrique Ropert Gallet y se casó a los veintidós años. Cuando el matrimonio decidió comprar casa, eligió una en la calle Jorge Isaacs, casi esquina de Guardia Vieja, contigua a la de Salvador Allende, en la comuna de Providencia. Buenos vecinos, unieron por los patios las casas abriendo una puerta medianera.

Todo el mundo la llamaba Payita. Comenzó a trabajar con Salvador Allende en 1964. 

Elegido presidente, fue su secretaria privada y la consejera más cercana. Su figura se acrecentó en la Unidad Popular al manejar en el palacio de La Moneda los vínculos con los partidos de Izquierda, incluido el MIR. Además, estuvo a cargo de la pauta y agenda presidencial y de coordinar las reuniones de importancia que el mandatario sostenía. Ella coordinó el Comité Internacional de Solidaridad Artística con Chile -presidido por Mario Pedrosa, con Carlo Levi, José María Moreno Galván-, el apoyo de artistas del mundo para fundar el Museo de la Solidaridad.

Conviene recordar lo sucedido a la familia del presidente Salvador Allende tras su muerte: su hija Beatriz salió rumbo a La Habana en las primeras horas del jueves 13 de septiembre de 1973 junto a su marido, el diplomático cubano Luis Fernández Oña, y Maya, la hija de ambos, nacida en septiembre de 1971. En Cuba tuvo a su otro hijo, Alejandro Salvador; antes de suicidarse, dejó a ambos niños al cuidado de la Payita y su hermana, Mitzi Contreras Bell.

Hortensia Bussi con sus hijas Isabel y Carmen Paz y sus nietos Marcia, Carmencita, Gonzalo y Andrés, más decenas de exiliados chilenos y el embajador mexicano Gonzalo Martínez Corbalá, partieron en el avión que aterrizó el 16 de septiembre de 1973 en el aeropuerto de Ciudad de México. Esperaban a la viuda de Allende y a su familia el presidente Luis Echeverría y su gabinete. Poco después, el presidente de México, acompañado por Hortensia Bussi, ofreció una conferencia de prensa. Fue impresionante la solidaridad que le brindó el pueblo mexicano a la familia Allende.

EL ACTA DE LA INDEPENDENCIA

Antes del golpe, la Payita y Allende, cuando él ya era presidente y ella estaba separada de su marido, compartían los fines de semana en la parcela de El Cañaveral. En La Moneda, como su secretaria, ella lo acompañó en todo momento, aun en el bombardeo de La Moneda el martes 11 de septiembre de 1973. Llegó el momento decisivo y Allende ordenó a las mujeres abandonar el palacio. Poco después que Marta Silva, secretaria de Daniel Vergara, subsecretario del Interior, la Payita salió por Morandé 80. Por encargo del presidente Allende llevaba en el bolsillo de su chaqueta el Acta de Declaración de la Independencia de Chile, de enero de 1818, para salvarla del incendio. En el primer piso, antes de llegar a la calle, un soldado le arrebató el pergamino y lo destruyó, pese a los gritos de ella diciéndole que ese documento histórico era sagrado.

Una vez en la calle, cuando todo el grupo fue obligado a tenderse en el pavimento con los pies hacia la cuneta, y mientras helicópteros pasaban disparando, un soldado la hizo ponerse bajo una cornisa para que se resguardara de las balas. Incluso le dijo que se tapara la cara con las manos. Gracias a ese soldado, que la separó del grupo, fue vista por el hermano del secretario del presidente Allende, Osvaldo Puccio: el mayor de Sanidad del Ejército y dentista del personal de La Moneda, Jaime Puccio, quién había llegado temprano a La Moneda. Por petición de Allende, Puccio había ido a su casa a vestirse con el uniforme que tenía -el de gala- y regresó a La Moneda en momentos en que los compañeros de Allende salían por Morandé 80. Cuando Jaime Puccio vio a Miria Contreras, tendida en el suelo y a un soldado encañonándola, le dijo que se hiciera la muerta y de inmediato ordenó al soldado llamar a la ambulancia que estaba en la esquina, diciendo: “Esa mujer está herida”. Los camilleros la tomaron de pies y manos y la echaron en la parte de atrás de la ambulancia que partió rumbo a la Posta Central. Cuando los médicos se acercaron para atenderla, ella les dio su nombre y les dijo que venía de La Moneda y que debía salir de allí. Pero el doctor Alvaro Reyes y una enfermera se lo impidieron y decidieron protegerla.

Miria anduvo días peregrinando de casa en casa, sin poder comunicarse con sus hermanas ni con sus hijos Isabel y Max, militantes del MIR y, peor aún, ignorando la suerte corrida por su hijo Enrique. A él y a nueve miembros del GAP que partieron con ella del Cañaveral a La Moneda, los tomaron prisioneros en la Intendencia y fueron inútiles los esfuerzos para que los liberaran.

SU HIJO ENRIQUE

Enrique tenía veinte años, era estudiante de economía en la Universidad de Chile y fue detenido en la esquina de Morandé y Moneda por Fuerzas Especiales de Carabineros -cuyo cuartel se encontraba en la Intendencia-. El grupo de prisioneros fue conducido en un bus de Carabineros a la Sexta Comisaría y desde allí, al cuartel de Investigaciones. El 20 de septiembre, el cuerpo de Enrique Ropert Contreras apareció bajo el puente Bulnes del río Mapocho, acribillado a balazos. El 3 de octubre su tía Mitzi encontró su cadáver en la morgue.

La Payita no pudo asistir al entierro de su hijo, como tampoco su ex marido, Enrique Ropert Gallet (1913-2013), que estaba preso. Este ingeniero civil, militante del Partido Socialista y consecuente hombre de Izquierda, abandonó la empresa privada para ayudar al gobierno de Allende. Durante el gobierno de la UP trató de formar la Empresa Nacional de la Construcción en el Ministerio de Obras Públicas, lugar donde fue detenido el 20 de septiembre de 1973, trasladado al Estadio Nacional y luego a la Cárcel Pública. En julio de 1974 fue expulsado a Francia.

Miguel Orellana Benado, doctor en filosofía en Oxford, licenciado en ciencias y consultor en educación de organismos chilenos y extranjeros, profesor de la Universidad de Chile, testimonia: “Pocos días después del golpe de Estado, mientras discutíamos con unos amigos si quedarnos en Chile o irnos a Israel, apareció mi mamá en la puerta de mi habitación. Estaba muy seria. Me dijo lo que nunca antes me había dicho: que mis amigos tenían que irse de inmediato. Y que después, pasara a saludar. Nunca había ocurrido algo semejante. No hice preguntas. Les dije a mis amigos que se fueran, y pasé a saludar. En un sillón en el salón del fondo estaba sentada Miria Contreras Bell, la Payita, secretaria personal del presidente derrocado, la mujer más buscada del país. Ella venía a pedir refugio”.

SOÑANDO CON LA PAYITA

Después del golpe, visité a Mario Carreño(1) y a su mujer, Ida González. A ella yo la conocía desde que estábamos en el liceo, donde ya había demostrado sus dotes de pintora. Los esposos habían sido víctimas de Matías Vial, designado decano de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Chile por la Junta Militar, quien llegaba en su moto, todo vestido de cuero negro, y orinaba la puerta y muros de su casa, profiriendo groserías contra ellos y contra Cuba.

En el patio de esa casa pude ver numerosos cuadros del artista inspirados en los mascarones de Pablo Neruda. Idita trajo una jarra de refresco y Mario me contó: “Soñé antes del 11 de septiembre que Payita, mi comadre, madrina de una de mis hijas, llegaba de madrugada con un delantal blanco… algo terrible. Pero no imaginé que mi sueño se iba a repetir en la realidad. Una noche golpearon. Abrí la puerta y ahí estaba la Payita con delantal blanco…”.
En esos días, Mariana, una de las hijas de los Carreño, había obtenido el primer premio en el concurso infantil de pintura convocado por El Mercurio. Cuando la entrevistaron, dedicó su premio a su madrina. Felizmente no le preguntaron quién era… Se trataba de Miria Contreras, la Payita.

Fugada de la Posta Central, la Payita llegó hasta la casa de sus compadres y comenzó su ocultamiento en diversos lugares. El embajador de Suecia, Harald Edelstam, la rescató y llevó a la embajada de Cuba. Allí permaneció asilada durante meses hasta que logró salir del país en junio de 1974. Exiliada en Cuba trabajó en Havanatur, la empresa estatal de turismo, y fue su representante en París y Miami.

El 15 de diciembre de 1975 se conmemoró el Año Internacional de la Mujer y en México se celebró la conferencia principal que terminó convirtiéndose en congreso, con participación de María Esther Zuno de Echeverría. Tuvo como sede la Secretaría de Relaciones Exteriores. Asistió Delia Vergara, directora de la revista Paula, quien me contó lo ocurrido, testimoniando la intromisión obscena de Alicia Romo, delegada oficial de la Junta Militar. Cuando Hortensia Bussi terminó su intervención, la Romo se atrevió a proclamar a voces que Tencha no era viuda ni era esposa de Allende, pues éste tenía como querida a Miria Contreras, la Payita. Laura Allende, cuya presencia de mujer bella y muy frágil por la enfermedad que la invadía resultaba conmovedora, con voz firme impuso silencio e intervino diciendo que nadie tenía derecho a injuriar a sus hermanas, Tencha y Miria, y exigió respeto por sus deudos…

Han pasado cuarenta años y la emérita Alicia Romo descansa sin contratiempo luego de haber sido dueña de la primera universidad privada de Chile y haber lucrado hasta el hartazgo, no solo con la educación sino también con negocios inmobiliarios.

SU ROL EN LA LUCHA DE RESISTENCIA

Mientras la Payita permaneció oculta en la embajada de Cuba -a cargo de Suecia cuando ya todos los diplomáticos cubanos se habían ido-, escribió una carta a Tati Allende donde le contaba lo sucedido en La Moneda el día del golpe como lo vivido con posterioridad (documento reproducido por The Clinic, 4 de septiembre, 2003, distribuido por Isabel Ropert). Se trata al mismo tiempo de una carta personal y de un escrito histórico, testimonio de lo visto por un testigo privilegiado. Una crónica despojada de adjetivos, vívida en la relación de los sucesos, que expresa su pensamiento sobre Tencha Bussi: “Tu madre tiene locos a la Junta y fascistas en general con sus giras mundiales en busca de solidaridad. No hay día que no salga una foto y un artículo respecto a ella. Para qué te cuento lo que le inventan, pero la verdad es que los saca de quicio. Vayan para ella nuestros más sinceros agradecimientos y felicitaciones por su trabajo, lo mismo para ustedes todos”.

Durante su permanencia en el extranjero, la Payita desempeñó un papel fundamental en el contacto y amparo a chilenos exiliados. Pendiente del Museo de la Solidaridad se preocupó por acrecentar su patrimonio y fue determinante en la creación de los Museos de la Resistencia, junto a los organizadores-fundadores Mario Pedrosa, Miguel Rojas-Mix, Pedro Miras, los artistas plásticos exiliados y Carmen Waugh. Todas esas obras se fueron exponiendo desde 1977 en numerosas ciudades de Francia, España, Suecia bajo el nombre del Museo de la Solidaridad “Salvador Allende”. También se preocupó de reunir las arpilleras, cuadros y otras obras de Violeta Parra para trasladarlas a La Habana, donde se cuidarían hasta que fuera posible retornarlas a Chile. Cuando estuvo en Belgrado la acompañamos a una reunión con los artistas yugoslavos que aportaron sus obras al Museo de la Solidaridad.

Tuve el privilegio de compartir varias jornadas con el pintor cubano Wifredo Lam(2) y entrevistarlo en La Habana, en 1981. Lo acompañaba como asistente y secretaria la fotógrafa chilena Adela Gallo, quien fue destacada dirigente de las mujeres durante el periodo de la Ley Maldita. Lam era amigo de Miria Contreras; durante la Unidad Popular donó una obra suya al Museo de la Solidaridad y ahora colaboraba con ella en París para el Museo de la Resistencia.

Perseveró en su silencio durante veintisiete años. Lo rompió una sola vez, en marzo de 2000, cuando presentó una querella criminal contra Augusto Pinochet por su responsabilidad en la muerte de su hijo Enrique Ropert Contreras. Sus otros hijos son Max, combatiente internacionalista, médico de profesión, trabaja en el Hospital San José, e Isabel, la dueña de El Cañaveral. La Payita falleció el 23 de noviembre de 2005, a las 12.30 horas. Sus restos fueron velados en el Museo de la Solidaridad Salvador Allende, cuando tenía su sede en calle Herrera. Ningún empeño en silenciarla puede resultar, porque está viva en la memoria del pueblo que admira su valor, su lealtad, su señorío, su entrega absoluta a una causa.

Autor: Virginia Vidal (PF)

Notas
(1) Mario Carreño nació en La Habana, el 24 de mayo de 1913. Se radicó en Chile en 1958. Al año siguiente, con Nemesio Antúnez y otros artistas fundó la Escuela de Arte de la Universidad Católica. Obtuvo la ciudadanía chilena en 1969. Premio Nacional de Arte de Chile, 1982. Murió en Santiago el 20 de diciembre de 1999.
(2) Wifredo Lam nació en Sagua la Grande, Las Villas, Cuba, en 1902; hijo de madre africana y padre chino. En 1924 viajó a España para estudiar en la Academia de San Fernando, de Madrid. Murió en París en 1982

 

Testimonio de Miria Contreras (Payita): Las últimas horas del Presidente Allende

 

" Miria Contreras Bell -LaPayita- secretaria del presidente Salvador Allende."

Combatiente revolucionaria y secretaria privada del Presidente Salvador Allende, Miria Contreras -Payita-, participó en la defensa de La Moneda y vivió en su propio escenario los acontecimientos del 11 de septiembre de 1973. Testigo y a la vez protagonista, su narración sigue la trayectoria del líder chileno a lo largo del combate, hasta su caída heroica.

El relato de Payita muestra la acción de Allende bajo el ataque fascista para levantar el ánimo de sus compañeros, impartir instrucciones, organizar la defensa y trazar las líneas generales en la lucha. En sus palabras se refleja toda la fuerza que es capaz de vivir el ser humano en los momentos más dramáticos: ansiedad revolucionaria audacia, sacrificio, valentía, abnegación, fraternidad, comprensión.

Detalles hasta hoy ignorados, plenos de calidad humana, imparten una significación histórica a su testimonio.

“Al anochecer del lunes 10 de septiembre del 73, el Presidente Salvador Allende se retira de La Moneda y parte rumbo a su residencia ubicada en la calle Tomás Moro, donde tiene citados para una reunión a sus asesores más allegados, con el objeto de preparar la intervención pública que hará al siguiente día. Me quedo trabajando en La Moneda.

Cerca de las 10: 30 p.m. me llama por teléfono Max Marambio y me pide hablar con el Presidente – por encargo suyo seguía desde hacía algunos meses los pasos de la organización fascista Patria y Libertad, y había ubicado a Thieme el día que lo detuvieron.

Roberto Thieme es el secretario general de la organización fascista Patria y Libertad; se puso a conspirar contra el gobierno des día del triunfo de la Unidad Popular. Financiados por la reacción interna y por los Estados Unidos, fueron los organizadores, entre otras actividades, de la manifestación de las cacerolas. Este sujeto quiso hacer ver que había perecido en un accidente de aviación, y entró clandestino en Chile. Fue detenido semanas antes de la asonada fascista.

Como yo sabía que el Doctor -así le decían a Allende sus colaboradores más cercanos- estaba muy ocupado, pedí a Marambio que viniera a La Moneda y conversara con Alfredo Joignant, director de Investigaciones, Eduardo (Coco) Paredes y el doctor Ricardo Pincheira, militante socialista. Al llegar, Max informa que ha podido conocer que elementos pertenecientes a Patria y Libertad intentarían esa madrugada volar el puente de Caletones, única vía, transporte del mineral de El Teniente, lo que significaría un desastre para la economía del país. Para conjurar este aten terrorista iba a ser necesario un enfrentamiento, y se sospechaba que participarían elementos de varios grupos fascistas. Acuerdan ir a Tomás Moro. Allí informan al Presidente. Este está de acuerdo con que partan para el lugar donde habrían producirse los hechos. Ordena que se hagan acompañar por dos detectives más, de especial confianza. Estos compañeros partieron hacia Rancagua y no volvieron hasta las 5 – 00 a.m. del martes 11, con la noticia de que la operación había sido postergada. Esto lo aclaro para conocimiento de aquellos que esa noche trataron de localizarlos y no los ubicaron.

Eduardo Paredes fue el primer director de Investigaciones del Gobierno Popular. En esos instantes era director de Chile Filme. Ricardo Pincheira, era conocido como Máximo Fernández, y permaneció durante todo el combate al lado del Presidente. Paredes y Pincheira fueron detenidos y posteriormente fusilados. Joignat, después de permanecer varios meses en el campo de concentración de Isla Dawson, espera ser juzgado.

RUMORES DE GOLPE

Un grupo de compañeros habíamos quedado en La Moneda para recibir cualquier información al respecto. Al filo de la media noche empezaron a entrar llamadas, avisando que tropas del regimiento de Los Andes venían hacia Santiago y que había orden de acuartelamiento antes de las 6:00 a.m. Todos los días teníamos rumores y noticias de golpe o actividades sediciosas. Antes de comunicar con el Presidente me puse en contacto con Fernando Flores, secretario general del Gobierno, para que averiguara que había de cierto. Este me sugirió que localizara al coronel (retirado) Valenzuela, subsecretario de Guerra. Así lo hice.

Alrededor de la 1:30 a.m. me llama Valenzuela para informarme que después de hablar con varias personas, se comunicó con el coronel Ibáñez, de guardia en el Estado Mayor, quien le confirmó que efectivamente venía gente de Los Andes, pero que no era el regimiento completo sino solamente dos compañías, y que «tenían misión de reforzar la guarnición de Santiago, debido a que al día siguiente se sabría de las sentencias que iba a pronunciar la Marina de Guerra (contra Carlos Altamirano, secretario general Partido Socialista; Oscar Garretón, secretario general del Movimiento de Izquierda Revolucionario, MIR) y como seguro que iban a ser condenados, los trabajadores podían tratar de tomar caminos, industrias, etcétera… »

Le avisé a Flores. Después llamé a Tomás Moro. El Presidente contestó al citófono (tipo de intercomunicador) haciéndome la broma: -¿Ya se divisan los tanques en La Moneda?» Le contesté que todavía no se veían, pero parecía que estaban en camino. Me pidió los teléfonos de la casa y de la oficina del general Herman Brady, jefe de la guarnición de Santiago. Alrededor de las 2:00 a.m. me llamó el Presidente, aconsejándonos que nos que nos fuéramos cada uno a descansar, pues al día siguiente tendríamos mucho que hacer. Partí con mi hijo Max hacia Cañaveral, (residencia que Allende utilizaba para trabajar y descansar lo fines de semana) y dejamos a un compañero de guardia, por si llamaba el grupo que había ido a Rancagua.

A las 7:00 a.m. me despierta Bruno (compañero de la seguridad personal del Presidente), diciéndome que la Marina se había sublevado y que había sido atacada la radio de la Universidad Técnica. Nos preparamos con mucha rapidez. Tomamos algunas armas y la mayor parte de los compañeros que allí nos encontrábamos partimos hacia Tomás Moro en una camioneta, un jeep y dos automóviles.

Al llegar nos informan que el Presidente ya había partido para La Moneda, por lo que insté a Bruno para seguirle el rumbo. Bruno pide autorización para ir conmigo. Junto a nosotros van otros compañeros de la escolta. Ahí escuchamos la voz del Presidente, que hablaba por primera vez por radio. Decidí pedirle a Max, mi hijo menor, que permaneciera en Tomás Moro con un auto por si instante había que mandar algo y para que ayudara a los que se quedaban. Partimos con doce compañeros en dos vehículos: la camioneta manejada por Bruno, y un automóvil guiado por Enrique, mi hijo mayor.

Al salir, encontramos a un motociclista de la escolta presidencial de Carabineros. Le pedimos que nos abriera paso hacia La Moneda y así lo hizo. El trayecto fue realizado con rapidez. Al llegar a la intersección de las calles Alameda con Ahumada, nos obligan a virar. Tomamos rumbo a la calle Moneda, donde encontramos una barrera de carabineros. Mostramos los carnés de la Presidencia y nos permitieron continuar. Alcanzamos a recorrer las dos cuadras hasta la Intendencia, Moneda esquina Morandé. De repente veo que sale un grupo de carabineros armados y qué abruptamente sacan a Bruno del volante y comienzan a empujar y golpear a culatazos a los demás compañeros, a quienes conducen detenidos al interior de la Intendencia.

Le pido a mi hijo Enrique que me deje bajar por su lado para ir a ver que pasa y explicarles que veníamos a ayudar al Presidente (hasta esos instantes creíamos que los carabineros permanecían leales al Gobierno constitucional, ya que así lo habíamos escuchado por la radio). A mí me empujan. Corro hacia donde se encuentra un mayor y un capitán. Les pido ayuda. Me responden que en ese grupo sólo veían armas. Me echo nuevamente a correr y logro llegar al garaje de La Moneda. (La Intendencia se encuentra frente al edificio de La Moneda.)

RETIRESE, PERO NO BUSQUE EXCUSAS

Llamo por el teléfono al Presidente para pedirle ayuda. Me responde Coco Paredes con órdenes de que suba enseguida. En esos instantes arriban Danilo Bartulín (médico personal de Allende), Ricardo Pincheira y Hernán del Canto. Los cuatro partimos rumbo a las oficinas presidenciales.

En ese momento llega el edecán naval del Presidente, comandante Grez (actualmente edecán del Almirante Marino, uno de los miembros de la Junta) a quien le pido que vaya a la Intendencia con el objeto de que me ayude a rescatar a los compañeros que se encuentran detenidos. Se niega a hacer la gestión. A esa hora la guardia de Palacio estaba aún en sus puestos y las tanquetas que protegían La Moneda permanecían en los alrededores del edificio.

¡AL FIN LLEGO DONDE ESTÁ EL PRESIDENTE!

Payita conversa despacio. Habla en voz baja. Recuerda y evoca lentamente, con gran precisión las horas vividas. Tiene que hacer un gran esfuerzo para vencer la emoción. Y la vence.

Lo encontré en su gabinete, hablando por el teléfono de una emisora de radio. Acusaba públicamente la traición de los cuatro generales que después conformaron la Junta. También dio a conocer la traición del general Brady. Cuando terminó su alocución le pregunto extrañada cómo podía ser eso posible, ya que Brady le había dado horas antes toda clase de seguridades y prometido lealtad y, además, se le tenía como uno de los generales constitucionalistas. Me respondió que era uno de los peores traidores.

Me pidió que tratara de impedir que Beatriz e Isabel fueran a La Moneda. Recuerdo sus palabras: «No las sacrifiquemos en vano, dile a Luis (esposo de Beatriz) que nos ayude a convencerlas. Ellas serán mucho más valiosas vivas para la Revolución.»

Le pedí ayuda para liberar a los compañeros detenidos en la Intendencia. Vuelvo a sentir la angustia de aquellos momentos. Como madre tenía el presentimiento de que no volvería a ver a mi hijo.

El Presidente encargó al general Sepúlveda que se ocupara personalmente. La gestión no tuvo éxito y envió al también general de Carabineros Urrutia, a quien quise acompañar pero no me lo permitió, diciendo que prefería ir solo. Esta gestión también fracasó. El Presidente sale entonces del despacho y se reúne uno minutos con Hernán del Canto, quien traía un mensaje de Carlos Altamirano. Al terminar la conversación Augusto Olivares le expresa: «Presidente, ha llegado la tan esperada hora de los mameyes”.

Comienzan a retirar las tanquetas de Carabineros que rodeaba La Moneda. Mendoza, uno de los generales traidores, se apodera de la radio de Carabineros. René Álvarez, general del mismo cuerpo, insinúa al Presidente que puede ir a buscar ayuda, a lo que este le responde: - General, ustedes no han sido capaces de tener controlada la radio de Carabineros, ya no tiene usted donde buscar ayuda. Todo lo tiene Mendoza controlado. Si usted quiere retirarse, retírese, pero no busque excusas.»

PONGASE LOS PANTALONES

Empezaban a llegar varias figuras del gobierno: José y Jaime Toha, Aníbal Palma, Clodomiro Almeida y Carlos Briones. Poco después arribaban Fernando Flores, Hugo Miranda y Beatriz e Isabel Allende.

EL Presidente reúne a los presentes en el salón Toesca, usado para las conferencias de prensa y reuniones masivas. Comunica que el Palacio será atacado y pide a los compañeros que no tienen armas o no saben usarlas que se marchen, pues no desea en ningún modo muertes inútiles. Pide ayuden a convencer a las mujeres que abandonen el lugar.

Recuerdo haber estado junto a Augusto Olivares mientras el Presidente dirigía aquellas inolvidables palabras. Después se encerró unos minutos con sus edecanes. Al salir nos refirió que les había dicho que quedaban en libertad de acción. Se retiraron de inmediato.

En el momento en que presionaba a las mujeres para que se fueran, me escondí en un pequeño subterráneo para que no se acordara de mí, pues había tomado la decisión de combatir al lado de ellos hasta el fin.

Minutos después, Bartulín me llamó para pedirme la llave de su auto, para entregarla a una compañera que había vuelto a la puerta de Morandé.. El Presidente me vio, se sonrió y me comentó que ya sabía que me las ingeniaría de algún modo para no hacerle caso.

Le pregunté cómo había hecho para convencer a Beatriz. Me contestó:

Tuvo que partir, pues con ella le envié un mensaje a Fidel; eso fue lo único que pesó en su estado de ánimo para tomar la decisión de irse.

Con los compañeros que quedan se reúne en el patio del Jardín de Invierno, para darles nuevas instrucciones. Llamó aparte su amigo y asesor Juan Enrique Garcés, quien no quería retirarse de La Moneda. Lo obligó a salir, diciéndole ante nosotros que él tenía el deber ante la historia de vivir para narrar los sucesos. Parte de la guardia de Palacio ya se había retirado. Pidió al general Sepúlveda y demás oficiales de Carabineros, que lo habían acompañado hasta ese instante, que debían retirarse de la Moneda. A los carabineros que quedaban de la guardia les pide que se vayan, ordenándoles que -eso sí- debían ir totalmente desarmados cascos.

Estábamos en la oficina de Enrique Huertas, intendente de La Moneda, cuando avisan al Presidente que no llegaba el jeep ofrecido por el Ministerio de Defensa para recoger a las mujeres, y ellas estaban en medio de un tiroteo espantoso. El Presidente tomó el citófono y habló con Badiola, su edecán militar, quien estaba en el Estado Mayor:

Badiola, me van a matar a las compañeras en la calle por no cumplir ustedes con su palabra. Siquiera por una vez en su vida póngase los pantalones y envíe un vehículo de inmediato a buscarlas.»,

El vehículo nunca llegó. Después de esta conversación quiso llamaraa Tomás Moro para saber lo que allí ocurría, pero las líneas habían quedado cruzadas y nos hizo señas para que nos acercáramos a escuchar una conversación entre el general Baeza, y el almirante Carvajal -el mismo que dirigió el ataque a la Embajada de Cuba-, donde decían: “Ya tenernos a Allende totalmente acorralado y no podemos dejarlo vivo, hay que aplastarlo como a una cucaracha. No podemos permitir que quede vivo», recalcaban. Era impresionante el odio tan profundo, que sentía esta gente hacia la persona del Presidente.

En un momento en que estábamos en el salón Toesca pidió averiguar qué pasaba en la Escuela de Suboficiales. Se llamó al coronel Melgarejo, pidiéndole viniera en ayuda del Presidente. Respondió que tenía ciento cincuenta hombres, todos leales, pero que no había en qué movilizarlos hacia el centro y además necesitaba gente para la defensa de la escuela.

OPERACION BAZOOKAS

Recuerdo que Carlos Jorquera -conocido por el Negro, quien fuera primer jefe de Prensa de la Presidencia- decía abrazado de Lautaro Ojeda: «¿Ve, Presidente, cómo sus viejos amigos no le fallamos? Aquí estamos a su lado, aunque con un poco de miedo, ¿no es cierto viejo Lautaro?» Un poco más tarde, cuando el Presidente revisaba las defensas y daba nuevas órdenes, me comentaba Jorquera: «¿Te das cuenta, Paya, el gran general que existe en Salvador?» En realidad era asombroso verlo preocuparse de cada detalle, con tanta entereza, tranquilidad, buen humor.

El día 29 de junio, después del sofocado intento de golpe encabezado por el general Souper, el comandante Araya trasladó al interior de La Moneda cuatro bazookas, con el fin de tenerlas a en caso de una nueva conjura golpista. En esos días, el comandante Araya, como jefe militar de la casa de Gobierno, estuvo alojado en el interior de Palacio y dirigió todos los preparativos su defensa. Araya fue asesinado a fines del mes de julio por grupos de ultraderecha. El Servicio de Inteligencia Militar trató de involucrar en su asesinato a miembros de la guardia presidencial y a funcionarios de la Embajada de Cuba.

El Presidente, recordando esas bazookas, las hizo subir al segundo piso, y en los momentos en que arreciaba el ataque de tanques e infantería, dirigió personalmente su empleo. Tras disparar una de ellas, un compañero exclamó: «Presidente, quedé ciego, no veo.» Él, sabiendo que era un efecto momentáneo, debido al humo, le contestó: «No importa, Janito, pero le diste.» Y le abrazaba y felicitaba, pues verdaderamente había dado en el blanco.

-Cada vez que se hablaba de la proximidad del bombardeo, me decía- «No tengas miedo, no te asustes. Porque eso sí que no se atreverán a hacerlo. El símbolo que significa La Moneda no lo destruirán. Saben que eso no lo podrán justificar jamás.»

Dándose cuenta de que las posibilidades de lucha eran cada vez menores, por la falta de visibilidad hacia el exterior causada por el humo, y por el potencial bélico dirigido hacia cada punto de La Moneda, pensó pasar al Ministerio de Obras Públicas a través del garaje. Allí habría más visibilidad y podría seguir luchando. Recuerdo que esta proposición la hizo en la escalera de calle Morandé. Se discutió la forma de cruzar. Se le propuso hacerlo en grupo cerrado, llevándolo a él en el centro. No lo aceptó -porque habría que dejar a unos pocos compañeros abandonados en La Moneda, respondiendo al ataque mientras se iba hacia el otro edificio-. En esos momentos quedábamos alrededor de treinta y cinco personas, sin contar el equipo médico.

Pensó pedir cinco minutos de tregua para tener tiempo de alcanzar su objetivo. Jaime Barrios le insinúa: «Presidente, usted ya no puede pedir otra tregua» -había solicitado una para que las mujeres pudieran salir-. El Presidente le responde:

“¿No sabes, Jaimito, que cinco minutos, son suficientes para cambiar la historia?»

En Ministerio de Obras Públicas combatían empleados y militares de la Unidad Popular, entre ellos varios ex ministros del GAP (Grupo de Amigos del Presidente, como eran llamados los miembros, de su escolta personal). Desde las primeras horas habían tratado de llegar junto a Allende y al no lograrlo se apostaron en el Ministerio para apoyar desde allí la resistencia de La Moneda. Eran compañeros excepcionales.

OLIVARES HERIDO

En situación escuchamos los gritos de Carlos Jorquera, diciendo que Augusto Olivares estaba herido. El Presidente envía a atenderlo a los doctores Soto y Jirón, y corre Augusto. Voy con él. Nunca se me olvidará su cara de angustia y tristeza al ver sin vida al amigo querido.

Payita de 46 años, es madre de tres hijos. Durante varios años permaneció al lado de Salvador Allende como su secretaria privada. No es muy alta. Pelo trigueño. De trato dulce, ojos azules. Mirada penetrante. Cuando el intento de golpe del 29 de junio, llegó a La moneda portando un fusil automático, con la misma firmeza que el11 de septiembre.

Al pasar cerca de un teléfono, el Presidente llamó a la central de Tomás Moro. No sé quién le contesta. Informan que han bombardeado. Pregunta por Tencha, su esposa, y por las hijas.

Le responden que está todo destruido y que no se sabe de nadie. Recuerdo con especial angustia ese momento, pues fue el único que vi reflejarse en sus facciones tanto dolor, ira, impotencia.

En esa situación Carlos Jorquera, que lloraba la muerte de Olivares dándose cuenta de los sentimientos que embargaban al Doctor se rehizo y abrazándolo, le pidió excusas por su flaqueza: «Perdóneme, Presidente, mis penas no son nada comparadas con las suyas, pero recuerde.- Augusto no fue para mí un amigo, sino un hermano.»

Poco antes del bombardeo, estando en la Galería de los Presidentes,nos dijo:

«Démonos el gusto de romper todos estos bustos de viejos reaccionarios. Respeten solamente el del presidente Balmaceda y el de Pedro Aguirre Cerdá, únicos presidentes democráticos.» Comenzando enseguida él mismo a volcar algunos.

En momentos en que creíamos seguiría el bombardeo y el ambiente estaba lleno de gases, nos tendimos en el suelo del comedor, para evitarlo. El Presidente se arrastró hasta una ventana con Raúl, un compañero de su escolta, para observar la situación y comunicarse con los combatientes del Ministerio de Obras Públicas. Entonces entra Eduardo Paredes y le pide reunirse para analizar la situación, pero en privado. Allende responde:

«Compañerito, hable no más, pues aquí todos estamos en la misma pelea y todos tenemos derecho a opinar.»

Empiezan a llegar otros compañeros semiasfixiados por los gases, con los rostros congestionados. El Presidente se quita se máscara antigases para dársela a los más afectados y pide seguir su ejemplo.

Ese mismo gesto lo tuvo en el primer piso. Era casi imposible estar sin careta, y los médicos trajeron a una enfermera semidesmayada con síntomas de asfixia. La hizo tender en el suelo, se quitó la mascara y él mismo se la colocó, hablándole con cariño para tranquilizarla.

En momentos en que el bombardeo era más intenso, esta compañera comenzó tararear canciones latinoamericanas, entre ellas Cuba que linda es Cuba. Ella también estuvo en La Moneda hasta el final. Tuvo un comportamiento muy bueno. Conocemos su nombre no podemos darlo. Sé que está en Chile trabajando para la resistencia.

Solo con la llegada de Payita se ha podido conocer que hubo otra mujer hasta el final en el combate de La Moneda. Esta compañera se pasó gran parte del combate en el Ministerio del Interior, que se encuentra dentro del mismo edificio presidencial, y todos los testimonios anteriores la omiten por desconocer estos hechos.

DISPARANDO DESDE LA VENTANA

Me pidió que fuera con Bartulín a la cocina, para preparar algo de comer a los compañeros, pues la jornada sería larga. Encontramos varios pollos listos, dejados por los cocineros al marcharse en las primeras horas de la mañana. No había acabado de retirarse Bartulin cuando empiezan a caer las bombas: una, en la misma cocina, que abre un boquete enorme.

Las bombas, rockets, perforan los muros de La Moneda. Explotan dentro de las oficinas de trabajo del Presidente. Los pedazos del viejo edificio caen por donde quiera. El aire los incendios que se declaran simultáneamente. Los gases lacrimógenos asfixian a los combatientes.

Las cananas con proyectiles que los carabineros de Palacio habían dejado abandonados antes de marcharse, explotan estrepitosamente.

En medio de esa atmósfera salgo corriendo. Encuentro al Presidente impartiendo órdenes y consejos para la seguridad. Sus instrucciones: tenderse en el suelo, cubrirse la cabeza con los cascos -los pocos que los teníamos-, y protegernos unos con otros. Lo hacemos. De repente se yergue, exclamando con determinación y furia:

«No nos matarán aquí como ratas. Se engañan al creer que voy a renunciar. Cumpliré con mi palabra. A la fuerza no me saca nadie. ¡Vamos arriba a morir peleando!»

Recordé en esos instantes cómo el Presidente siempre mencionaba la dedicatoria del Che en su libro Guerra de guerrillas: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de hacer lo mismo.” En ese momento estaba convencido de que ya no habría para nosotros dos caminos.

Subió al segundo piso, y desde cada ventana sobre Morandé descargaba su AK, regalo de Fidel.

Los compañeros lo obligaban a cambiar de posición consta mente, pues cada disparo era respondido desde afuera con un potencial de fuego increíble. Nos costaba trabajo sacarlo de cada ventana. Recuerdo que Ricardo Pincheira, otro compañero, y yo lo halábamos por la pierna para tirarlo al suelo.

Se me olvidaba contar la salida a parlamentar de Fernando Flores, en compañía de Daniel Vergara y Osvaldo Puccio (padre e hijo). Flores se ofreció en varias ocasiones para ir a conversar con los militares. El Presidente, pensando en la forma de sacar Osvaldo Puccio, gravemente enfermo del corazón, aceptó, diciéndole que fuera en compañía de los antes mencionados.

Cuando tratan de salir por primera vez, tienen que replegarse a pesar de llevar una bandera blanca, pues el tiroteo era espantoso.

Recuerdo que Daniel Vergara, subsecretario de¡ Interior, me dijo muy molesto porque le pedían abandonar su lugar junto al Presidente: «Payita, yo voy hasta el Ministerio de Defensa, pero que el Presidente me dé órdenes precisas sobre lo que tengo que pedir y lo que puedo ofrecer.» Subió al segundo piso y habló con él.

Al terminar la conversación le pregunté por el resultado. Me expresó que estaba seguro de que lo único que quería el Presidente era que ellos salieran de La Moneda. Al interesarme de cuáles eran sus instrucciones, me contestó: «Quiere que vayamos a hacerle una serie de exigencias a los militares: todas las garantías democráticas debían ser mantenidas, los sindicatos respetados, ningún militante de izquierda perseguido, no habría represalias. Y que le traigan este acuerdo firmado por los militares, pero que no vayamos a firmarlo, pues él debe revisarlos. El Presidente sabía que no iba a conseguir nada y estaba determinado a no renunciar, pero era la fórmula de sacar de La Moneda a un grupo de compañeros que estaban desarmados. Trataron nuevamente de salir y lo lograron. Nunca regresaron.

El médico Jorge Klein y el sociólogo Claudio Jimeno tratan de comunicarse con el Ministerio de Defensa para obtener algunas noticias sobre ellos. Después de muchas tentativas les informaron que ya habían regresado a La Moneda, cosa que era incierta.

El Presidente me habló en varias ocasiones con mucho cariño los cubanos v en especial de Fidel. Recordó sus encuentros con el Jefe de la Revolución Cubana, lo mucho que hablaron, las experiencias que éste le trasmitió. Hubo un instante en que me comentó:

«¿Qué te parece si llamamos a los compañeros cubanos y le decimos que nos ayuden? Ellos combatirán gustosos a nuestro lado. Pero no, eso sería peor, hay que ordénales que no salgan de la Embajada.”

CUATRO MINUTOS

Cuando las tropas comienzan a invadir La Moneda a tiro limpio envían al doctor Oscar Soto -a quien habían detenido- para comunicarle al Presidente que nos daban cuatro minutos para rendirnos. El Presidente nos reunió en el pasillo. Ordenó que bajáramos tranquilos, que dejáramos todas las armas, cascaros y mascaras ni nada que pareciera algo duro en los bolsillos. El se quedaría con un grupo compañeros de su escolta personal. Señaló que Soto bajara primero llevando un trapo blanco. En medio de una extraordinaria emoción nos dijo:

«Quiero que bajen tranquilos, pero antes de que bajen, deseo un minuto de silencio en homenaje al primer mártir de la Revolución Chilena, al compañero Augusto Olivares.»

Y comenzamos a bajar. Abruptamente los militares suben y escuchamos un fuerte y prolongado tiroteo.

La salida fue a culatazo limpio, empujones e insultos. Me había puesto momentos antes la chaqueta color café de Olivares, con la intención de llevársela como recuerdo a su esposa. Como era su costumbre, tenía los bolsillos llenos: llave, libreta, una serie de monedas antiguas y, por supuesto manojos de papeles.

Debajo de las mangas, llevaba enrollada el acta original de la Independencia de Chile, firmada por Bernardo O´Higgins el 2 de febrero de 1818. El Presidente le había pedido a Eduardo Paredes que la despegara del marco y me la entregara para salvarla del incendio. Los soldados me la arrebataron y la rompieron a pesar de explicarles de qué se trataba. También me quitaron la chaqueta de Augusto.

Una vez en la calle nos colocaron contra la pared, con las manos en la nuca. También a nuestras espaldas un pelotón de militares que nos apuntaban con sus fusiles. Estaba convencida de que allí nos fusilarían. Nos quitaron todo lo que teníamos encima. Lo tiraban al suelo y pisoteaban.

Allí supe del Presidente. Recuerdo los sollozos de Enrique Huertas, la sensación de impotencia al no haber podido salvarlo.

En esa situación comenzaron a ametrallar a los francotiradores que cooperaban con La Moneda desde la periferia, les tiraban desde aviones o helicópteros, no sé exactamente.

Nos ordenaron tendernos en el suelo, en medio de la calle Morandé con las manos en la nunca. En momentos en que Eduardo Paredes y Enrique Huertas me hacían un hueco, para protegerme con sus cuerpos, un cabo me dijo: «Usted, usted, levantase y póngase ahí contra la muralla donde estará más protegida y no se ponga las manos atrás, sino tápese la cara pues así los proyectiles no le herirán el rostro.» Levanté la cabeza extrañada y agradecí encontrar siquiera un gesto humano entre ellos.

Cada vez que los aviones pasaban descargando sus proyectiles, que era el final. En esos momentos, mirando hacia la -Intendencia envuelta en llamas, sentí el máximo sufrimiento al pensar que mi hijo Enrique, y los otros compañeros podrían estar quemándose vivos. Después supe que los habían sacado de allí. Los habían asesinado…

En esos instantes en que ya nada importaba, sentí que alguien con el pie. Levanto la cabeza y me encuentro con un amigo que habíamos visto en las primeras horas. Me dice: “Paya, ¿qué estás haciendo tú aquí?» En ese momento llegaba la primera ambulancia.

Se acerca un sargento y quiere impedir que me saquen. Mi amigo le explica que estoy muerta o muy mal herida y se vuelve a mí y me dice: «Hazte la muerta, ponte rígida», y obliga a los de la ambulancia a que me lleven. Me cargan y me tiran al interior del vehículo.

Como el tiroteo es muy fuerte, al llegar a la esquina de la Alameda el chofer no quiere seguir, pues tiene miedo de que lo maten. Un enfermero que lo acompaña le aconseja que pise el acelera hasta el fondo, pues si se queda parado lo van a matar igual. En ese intervalo se montó un joven. Le pido que me ponga los zapatos, que se me habían caído. Me los puso, con los ojos muy abiertos, mostrando un gran asombro. Mi intención era lanzarme de la ambulancia, pero cuando vine a ver ya estaba en un establecimiento medico.

Casi sin darme cuenta, me transportaban en camilla al interior del edificio. Al ver a una enfermera preparando un líquido blanco para inyectármelo, me incorporé rápidamente y le dije que no me diera ninguna cosa, pues lo único que necesitaba era salir de allí. Muy asustada fue en busca de un médico, quien al oírme decir de dónde venía, me preguntó el nombre y salió como un bólido de la sala. Minutos después volvió y preguntó a la enfermera cuales eran sus ideas políticas. Le contestó que no pertenecía a partido, pero tenía ideas de izquierda. Luego él me dijo ser comunista y estar orgulloso de su Partido, pues gracias a él había podido llegar a ser profesional, carrera casi prohibida para un proletario. Enseguida llamó al resto de sus colegas de izquierda (eran como seis), entre los cuales había uno que me conocía. Inmediatamente comenzaron a planear cómo sacarme de aquel lugar.

Desde ese momento todos los compañeros que me ayudaron lo hicieron exponiendo su libertad y seguridad. Encontré solidaridad, compañerismo en gente que nunca había conocido, militantes partidos políticos, simpatizantes de izquierda, admiradores del Presidente que lo único que tenían en común conmigo era el cariño y el aprecio hacia él.

En aquellos días darme refugio, después de publicados todos los bandos donde se exigía mi entrega, era bastante peligroso y sé que muchos de los que me ayudaron están sufriendo la represión por parte de la Junta. Así mismo, varios amigos personales me ofrecieron ayuda material y en algunos casos me alojaron en sus casas.

Es extraordinariamente elocuente el contraste entre el gesto del Presidente Salvador Allende, rescatando el acta de Independencia para que no fuera pasto de las llamas y el del militar que la destroza.

Publicado en: Bohemia, La Habana. 6 de septiembre de 1974

 

La última figura romántica de la izquierda chilena

 

"La última figura romántica de la izquierda chilena."

Dolor y tristeza de sus hijos y parientes, amigos y muchas personas que vieron en ella a la última figura romántica de la Izquierda chilena del siglo XX, provocó la muerte de Miria Contreras Bell, La Payita.

Sus funerales, el 23 de noviembre de 2002, fueron el digno homenaje a una notable trayectoria humana y también una expresión de lealtad a su memoria y a la del presidente Salvador Allende.

Fue algo paradojal, porque todos reconocen que un rasgo distintivo en Payita fue la modestia y una decisión inquebrantable de restarse siempre a ocupar un primer plano. Para ella eso fue una norma de vida, aunque no la única por supuesto. Tuvo otras relevantes: consecuencia, valentía y dignidad a toda prueba.

Como en toda vida, en la suya el azar tuvo importancia determinante. La casualidad la unió de manera perdurable con Salvador Allende. También el azar intervino trágicamente en la muerte de su amado hijo, Enrique Ropert, de 20 años, detenido el 11 de septiembre de 1973 ante su mirada impotente y asesinado horas más tarde por Carabineros.

Las vicisitudes azarosas del exilio en Cuba y Francia la llevaron a convertirse en personaje importante en la solidaridad con Chile, en consecuente defensora de la Revolución Cubana y en articuladora de voluntades en favor de la resistencia contra la dictadura y su proyecto político.

Sin embargo, a diferencia de la gran mayoría, La Payita asumió los cambios, por drásticos que fueran, mirando de frente, sin dejarse aplastar por el peso de lo inesperado ni rendirse ante sus consecuencias. Vivió luchando siempre, con alegría y sencillez.

Provenía de un hogar de clase media acomodada, laica y progresista. Trabajó desde muy joven y se casó con el ingeniero Enrique Ropert con el que tuvo tres hijos. En la madurez se encontró con Salvador Allende y sus ideales de justicia social y no los abandonó más.

En el gobierno de la Unidad Popular fue una colaboradora indispensable del presidente Allende. Carismática, inteligente y tenaz asumió responsabilidades en la organización del trabajo presidencial. En las relaciones con dirigentes de la Unidad Popular y del MIR y en las situaciones difíciles buscaba entendimientos. Siempre trató de evitar rupturas.

Sin duda los amores profundos son siempre incondicionales y tienen mucho de secretos. La Payita entendió así sus amores y la causa del pueblo estuvo entre ellos. Se quedó en La Moneda en medio del bombardeo a desafiar la muerte y entregar un testimonio de dignidad y consecuencia con un puñado de valientes. Salió del palacio incendiado con el corazón desgarrado por la catástrofe, la detención de su hijo y la inmolación a la que marchaba con serenidad y valor el presidente Allende. Llevaba escondida entre sus ropas -para salvarla de la destrucción- el Acta de la Independencia de Chile firmada por Bernardo O’Higgins. Se salvó providencialmente de ser detenida por alguien que la conocía y pudo salir al exilio en La Habana.

Como dijo en los funerales Víctor Pey, entrañable amigo: “Y cuando el azar de la vida te colocó en un trance histórico, en el vértice dramático de la tragedia, tu ejemplo de desprendimiento personal, de lealtad inalterable, de coraje y valentía constituyeron una realidad con ribetes de leyenda”.

En el exilio -y después- La Payita eligió el silencio y la discreción. Se tragó su dolor y soportó culpas imaginarias, mezquindades y la campaña de denigración que montó la dictadura, ensañándose con una admirable mujer.

Tuvo responsabilidades -y no quiso cargos- en la solidaridad con Chile y también en la solidaridad con Cuba, a la que amó profundamente.

Así lo reconoce la carta que el Comité Central del Partido Comunista de Cuba dirigió a sus hijos, Max e Isabel: “su cariño y respeto por nuestro pueblo, su apoyo y defensa irrestricta de la Revolución Cubana y Fidel le valieron el sitio de honor en el que vivió, vive y vivirá siempre en nuestra patria”.

“Los cubanos -agrega la carta- tuvimos el privilegio de tenerla entre nosotros, de compartir nuestra nación, viviendo con intensidad militante años de heroica resistencia y victoria de nuestro pueblo frente a la hostilidad y la agresión, que no ha cesado, del imperialismo norteamericano”.

“Estrecha colaboradora del heroico presidente Salvador Allende -señala el Partido Comunista de Cuba- (La Payita) cumplió importantes responsabilidades políticas, que desempeñó con eficiencia y abnegada entrega a las más nobles causas populares que propugnó el gobierno de la Unidad Popular”.

Payita no vivió solamente para la política, para la memoria nostálgica o el recuerdo épico. Vivió intensamente su presente. Volcó amor hacia sus hijos y nietos y también a otros niños que necesitaron afectos de madre. Trabajó de manera ejemplar y ganó a muchos para el esfuerzo común, sin perder el humor ni la ternura.
En Europa laboró en tareas de turismo y difusión cultural de Cuba y mantuvo la preocupación por el Museo de la Solidaridad que empezó a formar durante el gobierno de Allende. Esa preocupación se hizo más apremiante: había que testimoniar el apoyo que el mundo y los artistas prestaban al pueblo chileno. Fruto de este esfuerzo, que fue colectivo, es el actual Museo de la Solidaridad Salvador Allende, una de las colecciones de arte contemporáneo más importantes y valiosas de América Latina.

De regreso a Chile no se recluyó en su casa. Participó en actividades políticas y culturales de la Izquierda. No fue militante pero cumplió como si lo hubiera sido. Hasta poco antes de la muerte se mantuvo activa, preocupada de lo que sucedía en Chile y el mundo, con la convicción de que en algún momento, no lejano, los pueblos recorrerán de nuevo los caminos del socialismo y que harán realidad, en otras condiciones y circunstancias, las palabras postreras de Salvador Allende.

Sus funerales fueron dignos de una militante heroica, de una hermosa leyenda romántica de la Izquierda chilena. Una mujer fuerte cuya delicadeza desafió convencionalismos y peligros y eligió el silencio para no herir a otros. Fueron los funerales de una compañera de hoy, de ayer y de los días que vendrán.

Así la recordaremos